De visita en el programa “Camilo”, de CNN en Español

CNN

Una entrevista extensa en un programa de televisión puede ser una delicia o un suplicio, en dependencia, en gran medida, de la persona con quien te toque interactuar. Nada más incómodo que quien te entrevista delante de las cámaras no sepa nada sobre ti ni sobre tu trabajo, que no se haya ocupado de hacer “la tarea” que le correspondía (y sucede con más frecuencia de lo podría imaginarse).

Doy por sentado que la entrevista que saldrá al aire hoy lunes 8 de agosto, a las 9:00 p.m., en el programa Camilo, que transmite CNN en Español, entrará en la categoría de las deliciosas. Y es que el experimentado periodista Camilo Egaña es algo más que un excelente comunicador: es un hombre que conoce y disfruta la cultura. Estoy muy contento de que me haya invitado a este espacio estelar de CNN en Español, que él ha concebido como una celebración de “el placer de la conversación” y en el que mezcla “lo interesante con lo importante, el rigor con el desenfado, el sarcasmo con la calidez”. (Muy Egaña).

Están invitados a sintonizar el programa, en el que hablaré sobre mis nuevos libros (El viejito del sillón, cuento para niños publicado en México por Ediciones El Naranjo, y Salchichas vienesas y otras ficciones, recopilación de mis cuentos para adultos que llegará al mercado de España en septiembre a través de Huso Editorial) y de todo lo que Egaña quiera preguntarme.

Recuerdo de Eliseo

Eliseo Diego

–Veintidós años sin Eliseo Diego.

Falta algo más de un par de horas para que se termine este primer día de marzo y justo ahora recuerdo que un día como hoy, en el año 1994, falleció en Ciudad de México uno de mis autores cubanos preferidos: Eliseo Diego; alguien a quien me gusta, a veces, llamar maestro, aunque nunca revisó un texto inédito mío para hacerle correcciones ni me dio ninguno de esos consejos que suelen dar los grandes a los jóvenes escritores. Pero algunos amigos muy cercanos a mí en los tempranos años 1980 saben que a menudo, cuando necesitaba escribir algo bien, me encerraba un rato primero con sus Divertimentos, con El oscuro esplendor, con El libro de las maravillas de Boloña, con la esperanza de que algo de la luminosidad y el virtuosismo de orfebre de su creaciones llegara, por carambola, a las páginas de Striptease, mi primer libro de cuentos para adultos, que por entonces estaba escribiendo.

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El Einsten de mi infancia (Habana, años 1960)

Albert EinsteinSúbanse en una máquina del tiempo y trasládense hasta la Cuba de principios de los años 1960. Eso sí, no se les ocurra bajarse, limítense a observarlo todo por las ventanillas (no vaya a ser que el aparato se estropee y se vean obligados a quedarse en ese lugar y en esa época).

Pues bien, en aquellos años a todas las escuelas públicas de la isla les cambiaron los nombres. En la mayoría de los casos escogieron nombres de próceres de la guerra de independencia y de mártires de la Revolución. También de países del “hermano campo socialista” y de repúblicas latinoamericanas.

Cosa curiosa, por no decir muy rara: a mi escuela, donde estudié desde el primero hasta el sexto grados, le pusieron por nombre Albert Einstein.

A la entrada de la escuela, junto a la bandera nacional, había colgado un retrato de Einstein. Pero no uno común y corriente, como indicaría la más elemental cordura, sino el que he reproducido al inicio de esta nota. Un retrato que no se parecía en nada a los que ostentaban otras instituciones. Supongo que los pobres maestros de mi escuela no encontraron otro y tuvieron que echarle mano a ese, para evitar incumplir severas directivas que les llegaban “de arriba”. Así que cinco días a la semana yo pasaba por al lado del retrato de Einsten y a menudo me preguntaba quién diablos sería aquel viejo loco y por qué nuestra escuela llevaba su nombre. Y también: ¿a quién diablos le estará sacando la lengua?

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“Una noche para niños mayores de edad” en Miami

Teresa Maria Rojas y Antonio Orlando Rodriguez

Teresa Maria Rojas y Antonio Orlando Rodriguez.

Tomado de Diario de Cuba

Mañana viernes 12 de junio, a las 8:00 pm, el escritor Antonio Orlando Rodríguez presentará cuatro libros de reciente publicación en la librería Books & Books, de Coral Gables, Miami, en un evento titulado Una noche para niños mayores de edad, organizado por la Fundación Cuatrogatos y Books & Books con el apoyo de The Center of Writing and Literature @ Miami Dade College.

Los helados invisibles y otras rarezas apareció en México, publicado por Ediciones SM, en diciembre del 2014; en marzo salieron en Estados Unidos El rock de la momia y otros versos diversos y Conoce a José Martí, ambos bajo el sello Alfaguara de Santillana USA, y al mismo tiempo se imprimió en Colombia, por Panamericana Editorial, Abuelita Milagro. Me atrajo la idea de presentar juntos estos libros como una suerte de celebración de la fantasía, la poesía y el humor”, explica el ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008 con su novela para adultos Chiquita.

¿Por qué “una noche para mayores de edad”?, preguntamos al autor y a la primera actriz Teresa María Rojas, quien será su invitada especial en esta noche de versos y cuentos.

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Para empezar el 2015

Antonio Orlando Rodriguez Los helados invisibles Ediciones SMQuiero comenzar el nuevo año 2015 deseándoles mucha salud, felicidad y éxitos en todos los proyectos que emprendan. Y, en especial, deseándoles(nos) un mundo más sensato, justo y armonioso.

El año que dejamos atrás fue uno de los más difíciles de mi vida, pues perdí a familiares y amigos que eran sumamente importantes para mí. Sin embargo, también me trajo grandes alegrías. Una de las más recientes: la publicación en México, en el mes de noviembre, del libro Los helados invisibles y otras rarezas, que reúne poemas que escribí a lo largo de un cuarto de siglo, entre 1989 y 2014. Quiero dar las gracias por este precioso libro a la ilustradora Cecilia Varela, al diseñador Quetzal León, a  los editores Olga Correa Inostroza y Federico Ponce de León y, de manera muy especial, a Ana Arenzana, gerente de literatura infantil y juvenil de esta editorial, quien apostó por la obra y concibió esta edición tan especial.

Aquí les copio, a manera de regalo de año nuevo, uno de los poemas del libro:

En la tienda

Me da un kilogramo de alegría.
Un cartucho de optimismo.
Cuatro cajitas de ternura.
Y toda la esperanza que tenga,
mire que me hace mucha falta.
Envuélvamelo bien,
¡y gracias!

Siete novelas que quiero releer algún día (si me alcanza el tiempo…)

igluHay novelas que leemos en distintos momentos de la vida y que, por un motivo u otro, se enquistan en nuestra memoria y no se desprenden de ella.

No en todos los casos se trata de obras excepcionales; algunas solo obtenderían la calificación de aceptables si nos pillan especialmente generosos. Pero la permanencia en el recuerdo, ya se sabe, no depende necesariamente de la calidad literaria, sino también de las circunstancias en que esas páginas se leyeron, de las expectativas que teníamos al adentrarnos en ellas, de las necesidades que satisficieron o despertaron, en fin… de un sinfín de cosas que no viene al caso pretender enumerar.

A continuación anoto siete libros que leí durante mi niñez, mi juventud o mi madurez (todavía no califico como senior, así que los de la vejez quedan pendientes), y que siempre he deseado releer. En algunos casos no lo he hecho porque no he vuelto a encontrar una edición; en otros, por temor a que en un reencuentro no queden a la altura de mis expectativas. Y muy a menudo ha sido por falta de tiempo: por la necesidad de dedicar las horas de que dispongo para leer por placer a nuevos títulos que me hacen tentadores guiños, prometiéndome villas y castillas, y no a la relectura de los ya conocidos. Aun así, no pierdo la esperanza de volver a “hincarles el diente” algún día a estas obras. Las enumero sin ton ni son, tal como me vienen a la mente:

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TTT y la Habana insomne

Havana

La pequeña y apacible Gibara –un pueblo del oriente de Cuba, junto al Atlántico– no llegaba a los 30 mil habitantes en el año 1929, cuando el periodista y tipógrafo Guillermo Cabrera y su esposa Zoila Infante trajeron al mundo a su primer hijo. Siguiendo la tradición, le pusieron el nombre del padre.

Probablemente la vida de Guillermo Cabrera Infante habría sido otra de haber permanecido en el sitio donde nació, pero a los 12 años se trasladó a la capital del país con sus padres, quienes estaban estrechamente vinculados al Partido Comunista. Es fácil imaginar el deslumbramiento que experimentó el niño al enfrentarse, de repente, a la cosmopolita y bulliciosa Habana de los años 1940. Su fascinación por la gran ciudad fue algo así como un amor a primera vista, una intensa relación que se prolongó durante el resto de su vida.

El recién llegado se propuso convertirse en un auténtico habanero y no tardó en conseguirlo. En la urbe, su gusto por la literatura y el cine se volvió una auténtica pasión. A los 18 años publicó su primer cuento, poco después ingresó en la Escuela Nacional de Periodismo y más tarde creó, con otros cinéfilos, la Cinemateca de Cuba. En 1954, se hizo cargo en la revista Carteles de la sección de crítica cinematográfica, que firmaba con el seudónimo G. Caín (esos artículos fueron reunidos, en 1962, en el libro Un oficio del siglo XX).

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