Lector monógamo y lector promiscuo

Mis hábitos de lectura han cambiado. A medida que pasa el tiempo, cada vez me comporto más como un lector monógamo y –si me apasiona– me mantengo fiel al libro que estoy leyendo hasta que lo termino.

Me sumerjo a profundidad en su universo, me enamoro o aborrezco concienzudamente a sus personajes, hago una puesta en escena de los escenarios en que transcurre la acción y, alguna que otra vez, cierro los ojos para visualizar determinado pasaje o paladear alguna frase que me tocó de una manera especial. Y si algún otro libro me hace guiños, algo que sucede con frecuencia, no me dejo seducir.

¡Qué tiempos aquellos en los que era un insaciable y despreocupado lector promiscuo que saltaba de las páginas de un libro a las de otro y enseguida a las de otro más, sin el menor inconveniente o remordimiento! En el pasado, me encantaba leer varios libros al mismo tiempo y entablar relaciones íntimas y simultáneas con todos ellos. Mientras más disímiles fueran en época, estilo y género literario, mejor. Iba de Raymond Chandler a Eliseo Diego, de Margarite Yourcenar a Terenci Moix y de Karel Capek a León Tolstoi sin el menor conflicto, sin sentimientos de culpa ni sobresaltos.

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En la cama de Kavafis

En el 150 aniversario del natalicio de Constantino Kavafis.

La literatura me ha llevado a hacer cosas extrañas y casi inconfesables, pero de las que no me arrepiento.

Por ejemplo, cuando viajé a Egipto. Tenía el sueño de ver Alejandría. La ciudad híbrida, multicultural, que compartían musulmanes, judíos y cristianos coptos, y que yo conocía gracias a las novelas del Cuarteto de Lawrence Durrell y a los poemas de Constantino Kavafis. Sabía que ya Alejandría no sería la misma, pero tenía la ilusión de que algo de la atmósfera y el espíritu de mi “Alejandría literaria” hubieran sobrevivido.

“¿Será posible que no quede nada de aquel pasado?”, me dije cuando me enfrenté a una ciudad árabe por los cuatro (no, por los cinco) costados, sin griegos ni británicos y, por supuesto, sin judíos.

Entonces pensé: “Si busco en los lugares que frecuentaba Kavafis, quizás encuentre algo de la antigua ciudad”. Pero no, no lo encontré ni en los viejos cafés ni tampoco en el hotel Cecil, junto al Mediterráneo. Y aunque entré a varios comercios, en ninguno vi esos apuestos jóvenes cuya belleza él celebró en sus versos.

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El León, la Domadora, Mapa Teatro y yo

Para hablar de El León y la Domadora y de mi experiencia de trabajo con Mapa Teatro debo comenzar diciendo que llegué a vivir a Bogotá en abril de 1994, justo en los días en que Rolf y Heidi Abderhalden estaban poniendo en escena Horacio, obra interpretada por un grupo de reclusos de alta peligrosidad de la cárcel La Picota, en el escenario del Camarín del Carmen, como parte del Festival Iberoamericano de Teatro de ese año. Pero entonces yo estaba recién aterrizado y, aunque no era mi primera visita a la ciudad, no estaba al tanto de cuál era el teatro colombiano que valía la pena ver. Así que me perdí ese ya mítico montaje de Mapa Teatro.

En realidad, mi vínculo con los Abderhalden fue, inicialmente, de carácter afectivo. La colaboración profesional surgió como algo colateral. Un día de 1995, cuando se preparaban para montar su lectura de La Orestea, de Esquilo, me pidieron que trabajara con ellos en la dramaturgia. No sé si mi trabajo les serviría de mucho o no, pero lo cierto es que para mí fue una sorpresa adentrarme en su proceso creativo y ser testigo, paso a paso, del nacimiento de ese inquietante espectáculo-instalación que se presentó en un ruinoso sótano.

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Recuento cultural del 2012 (un resumen muy personal)

El primer día de un nuevo año es un buen momento para mirar atrás y hacer un resumen de algunos encuentros significativos que nos depararon los libros, los teatros, los cines, los discos y los museos. He aquí cinco experiencias culturales del 2012 que, por distintos motivos, fueron gratificantes para mí.

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Cotilleos de miss Austen

Érase una tía solterona llamada Jane y de apellido Austen que, cosa bien extraña en la rígida Inglaterra de principios del siglo XIX, en lugar de entretenerse bordando, zurciendo los calcetines de sus seis hermanos varones, tomando té con pastelillos o chismeando con su hermana Cassandra (¡otra que se quedó para vestir santos!), ocupaba sus ratos de ocio en escribir novelas.

Las escribía en papeles que pudieran ser ocultados con rapidez en caso de que se acercara alguien ajeno a la familia, en una habitación con puerta de goznes chirriantes que le advertían la proximidad de los curiosos. Y es que en aquella época no se veía con buenos ojos que las damas se dedicaran a semejante pasatiempo. Un intelectual coetáneo de la tía Jane lo enunció sin paños tibios: “Siento aversión y desprecio por todas las hembras escritoras. La aguja, y no la pluma, es el único instrumento que manejan con habilidad”.

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Welles y “El Quijote”

Don Quijote es la mitad de España y Sancho la otra mitad. El hidalgo es el sueño español de la caballerosidad en toda su absurda maravilla. Es la locura llena de nobleza, de dignidad y de incorruptible galantería que ilumina el carácter español. Su escudero es la tierra española misma. Es todos los hombres que han vivido sobre esa tierra desde que se aró por vez primera. (Orson Welles.)

Si a algún director de cine se le puede aplicar, sin temor a equivocarse, el adjetivo de quijotesco es a Orson Welles (El ciudadano Kane, La dama de Shanghai). Excepto contadas excepciones, el rodaje de sus películas fue siempre una aventura comparable a las del ingenioso hidalgo de La Mancha. Si el personaje de Cervantes se enfrentó con los molinos de viento para dejar en alto su honor de caballero andante, Welles, decidido a hacer arte sin la incómoda supervisión de los productores de Hollywood, también tuvo que lidiar con obstáculos de todo tipo. Desde inversionistas que le fallaban en el último momento hasta actrices que se arrepentían de hacer el papel de Desdémona en su adaptación de Otelo. Una perenne falta de presupuesto lo obligaba a interrumpir sus filmaciones y no le quedaba otra alternativa que sumarse al elenco de películas de dudosa calidad, que lo reclamaban como actor, o dirigir algún documental para la televisión con tal de poder reunir el dinero que le permitiría sacar adelante sus proyectos personales.

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El enigma de Coral Castle

A las afueras de Miami, camino de Key West, está Coral Castle, un lugar de culto para los amantes de los enigmas. Rodeado por gruesas murallas, este insólito parque reúne un conjunto de esculturas monumentales talladas en roca de coral: desde un telescopio para localizar la estrella Polar hasta un reloj de sol, un trono y un portón de nueve toneladas de peso que en sus buenos tiempos giraba alegremente impulsado por el viento.

La historia del “castillo de coral” es apasionante. En 1918 llegó a Florida City un emigrante latvio llamado Edward Leedskalnin; compró un terreno por 10 dólares y se dio a la tarea de construir en él réplicas en piedra de Saturno, Marte, Venus y la Luna, entre otras caprichosas creaciones. Nadie sabe cómo hacía para cortar y desplazar las enormes rocas, pues Ed trabajaba de noche, solo, e interrumpía su labor si sospechaba que alguien merodeaba cerca. Cuando le preguntaban cómo se las arreglaba para mover semejantes moles, se limitaba a decir que conocía secretos de la época en que los egipcios construyeron las pirámides. Si hablaba en serio o si simplemente fanfarroneaba es difícil asegurarlo, pero con las precarias y risibles herramientas que usaba para trabajar, difícilmente alguien podría reproducir sus asombrosas creaciones.

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